domingo, 5 de julio de 2020

TRADICIONES PERUANAS


DIMAS DE LA TIJERETA

(Ricardo Palma)


Erase que se era, el  mal que se vaya y el bien se nos venga, que existía en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada Ciudad de los Reyes, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroniana.
Conocíale el pueblo por tocayo del buen ladrón a quien don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombrábase don Dimas de la Tijereta, escribano de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se había quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gastó en breve la poca que trajo al mundo.
Decíase de don Dimas de la Tijereta que tenía más trastienda que un bodegón, más camándulas que el rosario de Jerusalén que cargaba al cuello, y más doblas de a ocho, fruto de sus triquiñuelas, embustes y trocatintas, que las que cabían en el último galeón que zarpó para Cádiz y de que daba cuenta la gaceta. Acaso fue por él por quien dijo un caquíversista: "Lo de un escribano y un gato a un pozo cayeron como los dos tenían uñas por la pared se subieron".
Fama es a tal punto habíase apoderado del escribano don Dimas de la Tijereta, que si le hubiera venido el antojo al Ser Supremo llamarlo a juicio habría, exclamado con sorpresa: -Dimas, ¿Qué has hecho del alma que te di?


No faltará quien le diga que esta digresión no viene a cuento.
Don Dimas de la Tijereta dio a la vejez, la peor fortuna en que puede darle a un viejo. Se enamoró hasta la coronilla de Visitación, gentil muchacha de veinte primaveras con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de mírame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y más matadores que espada y basto en el juego de tresillo o rocambor. ¡La moza era pues, un pimpollo a carta cabal!


No embargante que el escribano, don Dimas, era un abejorro recatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso domeñar a la bella Visitación a fuerza de agasajos; y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaban un ojo de la cara. Pero mientras más derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que la moza hiciese con él una obra de caridad, y ésta resistencia traíalo al retortero.
No pierdas en mi balas, carabinero, porque yo soy paloma de mucho vuelo. Si quieres que te quiera primero tendrás que regalarme sortijas y collares, blondas y guantes.

                                                       

Así pasaron meses hasta seis, aceptando Visitación los alboroques, pero sin darse partido ni revelar intención de cubrir la libranza, porque la muy taimada conocía a fondo la influencia de sus hechizos sobre el corazón del cartulario.


Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana.
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitación, perdido en sus cavilaciones, se encontró con un vientecillo retozón que refrescó un poco su cabeza y exclamó:
-Pero mi santiguada que es trajín el que llevo con esa fregona que se la da de honesta y marisabidilla, cuando yo sé de ella milagros de más calibre que los que reza el Flos-Sanctorum. ¡Venga un diablo cualquiera y llévese mi almilla, en cambio del amor de esa caprichosa criatura!
Satanás que de los antros más profundos del infierno había escuchado las palabras del humano, tocó la campanilla, y al reclamo se presentó el diablo Lilit.
Ve, Lilit y extiende un contrato con un hombre que allí encontrarás, y que tiene tanto desprecio por su alma que la llama almilla.
Ve y ofrécele cuanto quiera y no regatees que sabes que no soy tacaño cuando se trata de una presa.
Yo, pobre mal traído narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores acerca de la entrevista entre don Dimas y Lilit, porque no había taquígrafo a mano que pudiera copiarla con puntos y comas. ¡Y es la lástima por mi fe! Pero basta saber que cuando Lilit llegó al infierno le entregó a Satanás un pergamino que fórmula más o menos decía lo siguiente:
"Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesión de una mujer. Ítem, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres años". Abajo las firmas correspondientes y el sello del demonio.


Al entrar el escribano a su tugurio, salió a abrirle la puerta nada menos que Visitación, la desdeñosa y remilgada Visitación, que ebria de amor se arrojó en los brazos de Tijereta.
Pero no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, pasaron, día tras día, tres años como tres berenjenas, hasta que llegó el día en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma.


Tres años después del pacto con el diablo, don Dimas fue arrastrado por una fuerza superior al mismo lugar y hora donde se extendió el contrato.
Al encararse con Lilit, el escribano con mucha flema empezó a sacarse la almilla o jubón interior dándoselo a Lilit, le dijo:
-Deuda pagada y venga mi documento.
Lilit se echó a reír con todas las ganas de que es capaz un diablo truhan y alegre y le preguntó:
-Qué quiere su merced, que haga con ésta prenda.
-¡Tómala! Ésta prenda se llama almilla y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado.
Afortunadamente para Tijereta, no se había introducido aún el papel sellado en el infierno.
Lo que la tierra hace interminable un proceso y en breve tiempo vio fallada su causa en primera y segunda instancia, con la autoridad del diccionario de la Lengua, vio el tunante su buen derecho; y los jueces, que probablemente fueron en vida académicos o literatos dieron la orden de su inmediata soltura y que Lilit, lo acompañara por los vericuetos del infierno y lo dejara sano y salvo en la puerta de su casa.
Cumplióse la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satanás una prueba de que las leyes en el infierno no son como en el mundo conculcado por el que manda y buenas sólo para escritas.
Pero al destruirse el malévolo hechizo se dio don Dimas de la Tijereta con la sorpresa que Visitación lo había abandonado, corriendo a encerrarse en un beaterio, siguiendo la añeja máxima de dar a Dios el hueso después de haber dado la carne al demonio.




 




Les invito a leer la tradición peruana titulada: "Dimas de la Tijereta":














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