lunes, 6 de julio de 2020

TRADICIONES PERUANAS


HISTORIA DE UN CAÑONCITO

(Ricardo Palma)




Si ha habido peruano que conociera bien su tierra y a los hombres de su tierra, ese indudablemente fue don Ramón Castilla. Para él, la empleomanía era la tentación irresistible y el móvil de todas las acciones de nosotros, los hijos de la patria nueva.


Está don Ramón Castilla en su primera época de gobierno, y era el día de su cumpleaños (31 de agosto de 1849). En palacio había lo que en tiempo de los virreyes se llamó besamano, y que en los días de la república. Corporaciones y particulares se acercaron al gran salón para felicitar al supremo mandatario.
Entonces, un joven se acercó a su excelencia y como prenda de su afecto le regaló un dije para el reloj. Era un minúsculo cañoncito de oro sobre una cureñita de filigrana de plata: un trabajo primoroso, en fin, una obra de hadas.


-¡Eh! Gracias..., mil gracias por el cariño -contestó el presidente.
-Que lo pongan sobre la consola de mi gabinete, pero, tengan cuidado, está cargado..., no juguemos con armas peligrosas. Corrían los días, y el cañoncito de Ramón Castilla, permanecía sobre la consola,siendo objeto de conversación y curiosidad para los amigos del presidente, quien no se cansaba de repetir:


-¡Eh! Caballeros..., hacerse a un lado..., no hay que tocarlo..., el cañoncito apunta..., no sé si la puntería es alta o baja..., está cargado..., un día de estos hará fuego..., no hay que arriesgarse..., retírense..., no respondo de averías.
Y tales eran los aspavientos de don Ramón Castilla con el obsequio del cañón, que los palaciegos llegaron a persuadirse de que el cañoncito sería algo más peligroso que una bomba Orsini o un Withehead.
Al cabo de un mes el cañoncito había desaparecido de la consola, para ocupar lugar entre los dijes de la cadena de su excelencia. Por la noche el presidente, dijo a sus tertulios:
-¡Eh! Señores..., ya hizo fuego el cañoncito..., puntería baja..., poca pólvora...,  proyectil diminuto..., ya no hay peligro..., examinarlo.


¿Qué había pasado? Que el artífice aspiraba a una modesta plaza como inspector en el resguardo de la aduana del Callao, y que don Ramón acababa de acordarle el empleo.
La tradición finaliza con una moraleja: los regalos que los chicos hacen a los grandes son, como el cañoncito de don Ramón Castilla. Traen entripado y puntería fija. Día menos, día más, ¡pum! Lanzan el proyectil.










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